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Treinta y seis años
tiempo, muerte, nueva vida 
algo en el pecho faltando 
Camajuaní llamando
y al cabo volver

 

Nuestro primer contacto con la Cuba de hoy es el saludo de "feliz Navidad" que nos da una linda trigueñita azafata de Cubana y que es inesperado a pesar de ser el 25 de diciembre. Tomamos nuestros asientos en la destartalada cabina del avión de hélice, pintado por dentro y por fuera del mismo deprimente gris soviético y encomiendo al cielo mi suerte y la de los míos, con la esperanza de que los componentes vitales del aparato no estén en el mismo grado de desbarajuste. El servicio de la tripulación es atento, cortes y con un extraño aire de normalidad que da caso omiso al deterioro de la cabina, como para así distraernos de la catástrofe que seguramente nos espera.

El asiento no tiene el mecanismo que le impide reclinarse, lo que me fuerza a sentarme derecho, si descansar sobre el respaldo, para así evitar que este le caiga encima al pasajero de atrás. El material de lectura consiste en una tristemente flaca copia de Granma, el único periódico en Cuba, con su nombre irónicamente yanki como el pastel de manzana y que en ingles significa Abuelita. Quien le iba a decir al gringo que bautizo aquel barco, que de tal forma le daría a su antepasado anglosajón una fama insular criolla y marxista. Las ocho paginas de lo que es ahora la principal fuente de papel sanitario de las masas cubanas contiene un articulo sobre la inminente visita del Papa, otro planteando que un sistema multipartidista iría en contra de los mejores intereses del pueblo cubano, y otros con similares tergiversaciones que nos indican que estamos haciendo entrada en una realidad distinta, en un mundo raro.

Aunque este es un peregrinaje altamente sentimental, tengo el propósito es no dejar que las emociones empañen mi razón sino tomar dos personalidades, una que vea y sienta y otra que observe distantemente mis propias experiencias y de tal manera registrar y estudiar las impresiones que la nueva Cuba tendría en un cincuentón que salió de su patria a la critica y tierna edad de catorce años. Los controles de pasiones y los mecanismos de observación están firmemente en vigencia cuando las costas de Cuba hacen su aparición a través de la bruma.

El avión se acerca desde el sur al aeropuerto José Martí que en los años cincuenta estaba en las afueras de la Habana, donde sigue hoy, rodeado de campiña. Aparentemente la muñequita del mar no ha crecido en todo este tiempo. El aterrizaje, y las formalidades de inmigración y aduana, que habían sido causa de gran inquietud, toman su curso sin contratiempo y a la salida nos encontramos con Leonor mi prima materna y su familia, los cuales han reunido suficiente gasolina para que su avejentado auto soviético pueda hacer el viaje de ida y vuelta desde Camajuaní, mi pueblo natal.

Recogemos un auto alquilado, nave capitalista de exploración extraterrestre, y nos dirigimos hacia nuestro hotel en el centro de la Habana por los oscuros bulevares de lo que otrora fuera una gran ciudad, y que a pesar del total descascaramiento, todavía conserva gran parte de su noble belleza. La arquitectura clásica de la que Alejo Carpentier llamara La Ciudad de las Columnas " me recuerda a París, tanto como París me recordó a la Habana cuando la vi por primera vez. En el siglo XIX los cubanos miraban a Francia como fuente de ideas republicanas e instituciones intelectuales y de inspiración estética. Las formas arquitectónicas fueron adaptadas al clima tropical, favoreciendo los frescos portales de columnas, y rechazando las buhardillas de Mansart. La previa arquitectura que se encuentra en las ciudades de Trinidad y Remedios tiene una austeridad definitivamente española.

Posteriormente los años 40 y 50 introdujeron el modernismo internacional. Pero todo lo que se construyo entre estas dos etapas tiene el sensual estilo del neoclásico francés. Un ejemplo es nuestro destino, el hotel Inglaterra, construido en el siglo XIX, ahora restaurado, pero que conserva sus paredes de más de un metro de espesor, y sus grandiosos techos de cinco metros de alto, y que sirve como telón de fondo a la estatua de José Martí en el Parque Central de la Habana.

El trato de las lindas recepcionistas, así como el de la gran mayoría de las personas que iremos encontrando, es extremadamente amable, casi cariñoso, pero el proceso de aclarar nuestra reservación de habitaciones toma media hora mientras que las muchachas se pasan de mano en mano la única pluma que escribe. Hay solo un elevador funcionando en este enorme hotel. Aun en esta reserva de extranjeros se palpa la carestía y la ineficacia.

Nos reunimos en el vestíbulo con la tía materna de María mi esposa y tres generaciones de su descendencia que han venido a recibirnos. La dificultad de sus vidas esta grabada en sus caras, pero también sus personas emanan un acogedor cariño. Es como si la escasez de bienes materiales hiciera más evidentes las cualidades humanas. Tenemos el placer de entregarles los regalos y medicinas que les hemos traído: primeras necesidades como aspirinas, vitaminas y otros menesteres que son casi imposibles de adquirir en Cuba, aun con dólares.

Nos lanzamos hacia la Habana Vieja buscando un restaurante privado, o como les llaman aquí, un "paladar". Estos son regulados por el gobierno, están limitados a un máximo de seis mesas y a no tener empleados que no sean de la familia. La comida es casera y excelente. Los menús varían muy poco de un paladar a otro: arroz, frijoles negros, pollo, puerco o pescado. Algunos también sirven con gran riesgo langosta y carne de res, las cuales están prohibidas fuera de restaurantes del Estado. Por suerte mi gente no se cansa de comer arroz y frijoles negros, que se convertirán durante nuestra estancia en pan nuestro de cada día.

Las estrechas calles de la Habana Vieja son un hervidero de actividad. Los destartalados edificios están repletos de gente y desde la calle se observan las más intimas escenas familiares. Dondequiera se observa una limpia pobreza llevada con estoica dignidad. El socialismo ha logrado sumir a todos en la misma sencillez involuntaria. Al todos estar desposeídos, se han eliminado las causas de envidia, un defecto típicamente cubano. Muchos consideran esta envidia, y no la injusticia, como la madre de la Revolución cubana. 

No obstante, la apacible estructura social sufre del choque que representan los extranjeros con dólares. La tensión resultante tiene un subido tono sexual. Las muchachas de la recepción comentan sobre sus planes de pescar algún huésped. El desfile de jineteras circula bochornosamente por el Prado y el Parque Central. Unas esbeltas, otras abundantes, unas refinadas, otras vulgares, unas blancas, otras negras y en todos los tonos intermedios, pero todas buscando la forma de escapar de aquella deprimente fosa de deterioro y pobreza. Mis dos hijos adolescentes se nos adelantan, y pronto son acosados por las damas de la vida.

Caminando por la Habana Vieja se observan los tristes restos del pasado capitalista como una destartalada ruina del lo que antaño fuera una oficina de City Bank. No se ve un solo establecimiento comercial en lo que fuera un centro de actividad económica, solamente quedan algunos anuncios desteñidos. Es tragicómico ver La Casa de las Maletas de donde la mercancía partió hacia el norte hace años.

Entramos al antiguo Hotel Pan American, cuyo letrero es apenas legible, buscando una vieja amiga de la familia. El antiguo edificio colonial ha sido convertido en un solar, o sea, una serie de viviendas de una sola habitación cuyos servicios sanitarios son comunes. El deterioro es inconcebible. La vieja escalera de mármol apenas se mantiene en pie gracias a una viga de acero que la apuntala. La Habana parece un gigantesco arrabal.

Al otro día me levanto al amanecer para ver salir el sol sobre la ciudad y tomar vistas de los edificios que circundan el Parque Central. La actividad nocturna de las jineteras ha sido reemplazada por escenas más cotidianas, gente yendo al trabajo y padres llevando a sus hijos a la escuela. Me sigue chocando la aparente normalidad de la vida diaria de este mundo surrealista.

Salimos del Hotel y vamos a lo largo del Paseo del Prado donde María patinaba cuando niña. La realidad de lo que en sus recuerdos era una explanada enorme, ha sufrido un severo encogimiento. Pasamos por la entrada de la bahía de la Habana y la clásica vista del Morro y su faro, y entramos en el Malecón, a lo largo del cual se ve el destrozo que es la Habana, junto con algunas señales de restauración. Mas adelante vemos los edificios del Vedado, de arquitectura moderna, y que datan de los años cincuenta. Les explico a mis hijos que toda esta construcción fue hecha antes de la Revolución, en la época de Batista. Mi hijo mayor me pregunta la razón por la que Batista había sido derrocado, y por que el pueblo lo detestaba, habiendo en su tiempo tanta prosperidad. La respuesta que formulo me suena poco convincente en vista de la triste realidad de hoy.

Vemos la antigua embajada norteamericana, el monumento al Maine, ahora despojado de su águila, y una serie de carteles con arengas revolucionarias y fotos del Che Guevara. De pronto se me ocurre que aun no hemos oído la palabra compañero, tal parece que el fervor revolucionario existe solo en la ficción cartelera.

Siguiendo por todo el Malecón llegamos a una mansión descolorida en Miramar donde viven tres generaciones de una prima de María. Sus condiciones de vida son un poco mejores que las que se observan en la Habana Vieja, pero pronto sabemos que poner comida sobre la mesa es una lucha diaria, a pesar de la cual, la vida sigue su curso. En la casa hay un bebe recién nacido. En el barrio se ven hermosos niños yendo a la escuela con uniformes modestos pero limpios. Lo que antes era un distrito privilegiado obviamente ha sido compartido con los menos afortunados. La población se ve de mejor clase que la de la Habana Vieja, pero la falta de mantenimiento es igualmente evidente.

Al mediodía salimos a través del Túnel de la Bahía hacia la Habana del Este y de ahí al campo y las majestuosas palmas reales que se ven por todas partes. La obvia riqueza del suelo cubano hace más difícil comprender la escasez de alimentos. Nos dirigimos a Santa Clara por una moderna pero deteriorada carretera de seis vías. A lo largo del camino observamos otra triste realidad; en cada crucero hay multitudes buscando transporte. La policía detiene camiones y otros vehículos para acomodar pasajeros. La autopista esta prácticamente desierta excepto por el gentío. De vez en cuando se ven guajiros vendiendo pollos, queso, cebollas y otros productos locales. Algunos vendedores se muestran agresivos al punto del peligro. Uno de ellos se interpone en nuestra vía, empeñado en que le compremos un pavo, vivo o muerto. La carretera nos permite ir a una velocidad de 120 Km/hora y pronto llega a nuestro destino, un motel moderno, un mundo aparte construido para los turistas, en las afueras de Santa Clara.

Al anochecer entramos a la ciudad y nos trasladamos al siglo XVIII. La oscuridad y la ausencia casi total de vehículos motorizados le agregan un ambiente distintivo a esta ciudad de estrechas calles coloniales y casas de una sola planta con ventanas enrejadas. Lo que antes fuera una activa capital de provincia tiene ahora un soñoliento encanto.

Visitamos una familia que se pudiera considerar como pudiente en donde bienestar consiste en tener la casa pintada y comida que poner sobre la mesa. La fuente de este bienestar proviene de familiares en el extranjero que les puede ayudar con dólares y de los cuales traemos envíos para entregarles. Las tres generaciones que come es la tradición cubana, viven bajo el mismo techo, exhiben una atención y encanto de trato que me hace sentir que estoy sentado en una sala de hace 40 años y que la Cuba de ayer todavía esta allí presente. Después de una larga y movida conversación, acompañada con Coca Cola importada de Canadá partimos a visitar a mi prima Lilia, en un vecindario humilde en las afueras de Santa Clara.

Su casa es una de las mejores de la cuadra y luce limpia y agradable. Por la ventana reconozco los muebles de la casa de sus padres en Camajuaní, y un cuadro del Sagrado Corazón, que colgaba en mi casa, enorme en mi memoria, pero ahora extrañamente pequeño. Toco a la puerta y me abre su hija Dulce Amparo, a la que deje de ver de meses de edad.

Cinco años antes, Leonor nos había visitado en Estados Unidos, y nuestro encuentro en el aeropuerto, aunque emotivo, no fue inesperado. En cambio, mi separación de Lilia es de 36 años, y mi visita es totalmente insospechada. Dulce Amparo me reconoce de fotos que han recibido y llama a su madre. El ver a Lilia y abrazarla, la alegría, mezclada con la tristeza de esta injusta separación me hace perder por primera vez mi empeño de impasibilidad.

Lilia es una de las pocas personas que nacen sin malicia, y no la adquieren en el curso de sus días. Por largo tiempo ha cuidado amorosamente de nuestra tía Pepilla, que murió hace cuatro años a la edad de 96, y sigue cuidando a su mama Amparo que tiene 90. Tía Amparo sabe quien soy, pero su mente esta debilitada por los años y no me conoce. La que era una mujer corpulenta es ahora un frágil bulto de huesos. Contando a la hija de Dulce Amparo, en la casa viven cuatro generaciones, y el cariño y calor humano que reina no deja de ser percibido por mis hijos que apenas hablan español. Se les dificulta entender como una gente que vive con tanta escasez y penuria, pueden tener tanto encanto.

La dura vida de Cuba se refleja también en la cara de Lilia. Luce delgada, pero como el resto de la familia fuerte y saludable. Hablamos de los ventiladores eléctricos que han comprado con los dólares que mis hermanas y yo les enviamos de vez en cuando. No mencionan haber utilizado este dinero par comprar alimentos, pero pensar en esa posibilidad me hace un nudo en la garganta. Miramos el álbum de fotos de su boda, en otros tiempos más prósperos, donde aparezco como un mocoso pecoso de diez años. El álbum, que esta infectado de trazas, las que no se pueden combatir porque no hay insecticidas, me simboliza el deterioro de Cuba y de los viejos recuerdos. Pero a pesar de todo ahí esta mi prima, y también su familia, su cariño y todas sus esperanzas. La perdida de lo material poco importa.

El encuentro con Lilia me sirve como una válvula de escape para mi acumulada nostalgia, y me prepara para el último y más inquietante tramo del regreso. Temprano el siguiente día salimos de Santa Clara por la carretera que transitaba diariamente y que ahora apenas reconozco. Nos impiden el paso innumerable ciclistas y peatones con los que compartimos las dos estrechas vías. Es un viaje corto, de 28 kilómetros, pero para mí simboliza toda una vida de exilio. Seguidamente pasamos por las lomas de Santa Fe cuando el valle de Camajuaní nos saluda a través de la neblina matutina, más verde y hermoso que en mis sueños. Me toma un tiempo asimilar aquella jubilosa realidad: el lugar donde enterré mi corazón sigue aquí, y estoy de regreso.

Cruzamos el río, subimos una loma que pasa por el cementerio y llegamos al pueblo, unas cien cuadras que fueron mi pequeño mundo. Todo me es familiar, pero al mismo tiempo fantasmagóricamente diferente. He caminado estas calles en mi mente todos estos años, cada vez que quería alejarme de mis angustias. Pero las impresiones fotográficas de mi memoria chocan con lo que veo, como dos notas consecutivas que, aunque parecidas, producen un sonido discordante al tocarse juntas.  En el parque, solamente ha cambiado la vegetación. Varios de los edificios que lo circundan están recién pintados, otros están en ruinas. El Hotel Cosmopolita, construido durante la Danza de los Millones es un triste cascaron abandonado.

Doblamos la esquina y paramos frente a la casa donde viví los primeros catorce años de mi vida. Le indico a mi hijo Daniel el punto donde fue tomada una de mis fotos de niño. La mampostería, aunque despintada, todavía conserva su graciosa forma. Después entraremos en la casa, pero ahora doblamos la esquina de la calle comercial donde nos sorprende la interminable serie de portales de columnas. Mi pueblo es producto de fines del siglo XIX, y principios del XX. Es de calles anchas, abierto, racional y claro. Siento que quizás para mí solo, este es un lugar muy singular.

Llegamos a la casa de mi prima Leonor, una maravilla de comodidades modernas de invento y construcción criollas, dentro de una vieja estructura de madera con techos de 16 pies. Se disculpa por tener las paredes a medio terminar, pero encuentro su casa acogedora y agradable en extremo. Por pura coincidencia, Leonor vive al lado de donde vivía Lilia con sus padres cuando soltera y donde pase prácticamente la mitad de mi infancia. Mis padres no eran amantes de los animales, pero en cambio mis tíos Alfredo y Amparo tenían perro, gato, pollos, peces, una cotorra, y hasta de vez en cuando un puerco. La vieja casa de madera y la bodega adyacente eran la gloria para mí. Una nueva etapa de mi vida comenzó el día que me permitieron cruzar la calle e ir solo a donde mis tíos. La bodega ya no existe y como muchas otras, ha sido dividida en unidades de vivienda. Al lado de mi tío Alfredo vivía una familia de que se ganaba la vida haciendo el duro trabajo de lavanderas. Veo una de ellas que aparenta más de ochenta años, barriendo el portal. Me acerco, la saludo, y le explico quien soy. Su dulce rostro de retintos rasgos africanos expresa una sonrisa de reconocimiento. No todo se ha perdido.

Leonor ha preparado un desayuno con productos de una finca local. Leche de vaca fresca hervida, no pasteurizada ni homogeneizada, queso criollo, mantequilla hecha en casa con la nata de la leche. No se ve una etiqueta comercial en la mesa. Me pregunto si quizás ella sepa los nombres de las gallinas que pusieron los huevos.

Ahora partimos con Leonor a un paseo sentimental. Yendo hacia el cementerio pasamos por la casa de una prima de mi madre. Su vieja casa de madera se mantiene bien a pesar de los años. El tiempo ha sido misericordioso también con ella. Queda muy sorprendida y casi asustada al vernos. Ella y su familia fueron de los pocos en todo el clan que continuaron siendo militantes de la Revolución, aun después de Castro declararse Marxista. La sangre puede más que el Marxismo, y opto por perdonar y olvidar. El gesto no es desapercibido, ya que más tarde me visitan otros miembros de la rama izquierda de la familia, quizás buscando una reconciliación, los recibo con cariño y con los brazos abiertos. Leonor comenta que es bueno abrir puertas y cerrar heridas.

Un cementerio es un destino de descanso eterno. Y mientras que la eternidad no es cosa de este mundo, hacemos el esfuerzo al construir las tumbas de los nuestros, de utilizar materiales que perduren por unas cuantas generaciones. El cementerio de Camajuaní no es excepción y ha podido soportar el embate del tiempo. Cuando venia al cementerio siendo niño iba directamente a una tumba que estaba adornada con una mansión en miniatura construida por un hombre cuya esposa había muerto antes de que él pudiera construir la casa de sus sueños. Hoy me dirijo hacia ella, pero, aunque mis recuerdos concuerdan exactamente con lo que veo, ahora todo es distinto. Ya no soy tan nuevo y estoy más castigado por el tiempo que los símbolos de extinción que me rodean y me recuerdan lo que se me acerca. Cuando visito las tumbas de las familias de mi madre y mi padre, y pienso en ellos, en su exilio sin regreso y en su tumba cubierta de hielo y nieve bajo el gris cielo invernal de Nueva Jersey, brilla en mi mente la esperanza de que algún día sus restos puedan descansar aquí.

 

La casona donde mi madre, sus 5 hermanos y 3 hermanas se criaron esta en el angosto callejón de Cassola. La nochebuena en Cassola era tradición de familia. Todos los hermanos y hermanas, sus esposos e hijos se reunían para un gran festín que culminaba con la misa de gallo en la iglesia del pueblo. Estas reuniones forjaron vínculos que permanecen hasta hoy entre los 18 o más primos Torres, los que a excepción de Leonor y su hermano Roger, formamos parte de la diáspora cubana. Después de la trágica muerte de la última de las hermanas que quedaba en Cuba, Cassola pasó a manos del Estado y hoy en día es la sede del Juzgado Municipal. La casa, como muchas otras, es un triste recuerdo de su antigua belleza, su pintura descascarada y sus rejas oxidadas. Entramos al portal con mosaicos de textura única, los que coinciden exactamente con mi memoria cuando yo y mis primos retozábamos y patinábamos sobre ellos. El juzgado esta cerrado, lo cual no me afecta porque no tengo intenciones de entrar y ver aun más desolación.

 

La oleada de recuerdos continua con el recorrido del pueblo; pequeños detalles como el banco de madera que estaba y todavía esta en la antigua farmacia de mis tías, una vitrina de la sala de Cassola que ahora es parte de la exposición del Museo Municipal, y los indestructibles mosaicos cubanos cuyos diseños siguen grabados en mi memoria.

El próximo encuentro con el pasado es el más difícil. Mi primo Roger es solo 6 meses mayor, y representa lo más cercano al hermano varón que nunca tuve. En los 36 años de separación nos hemos escrito dos veces, y hemos hablado por teléfono una sola vez cuando su hijo menor vino a vivir con nosotros en Nueva Jersey. Está al frente de su casa con unos grasientos pantalones de mecánico, en el proceso de reparar una motocicleta mientras conversa con dos amigos. Da señales de calvicie, cosa rara en nuestra familia, y tiene una barba canosa al estilo de Santa Claus, que junto unto con las huellas que han dejado en su cara las dificultades vividas, lo hacen lucir mayor para su edad. Salgo del auto y me le acerco. Su sorpresa es total y enmudece al reconocerme. Nuestras primeras palabras al abrazarnos expresan lo que ambos habíamos soñado con este momento, el cual Roger pensaba que nunca ocurriría.

Lo que sigue es una intensa conversación sobre tiempos pasados; nuestros experimentos científicos, las represas que hacíamos en las cunetas del pueblo, nuestras continuas peleas de perro y gato, el bote de motor de vapor que construimos, y otra serie de travesuras y maldades. Me muestra su planta eléctrica domestica para suplir electricidad durante los frecuentes apagones. El techo de tejas de Cassola se divisa desde la terraza de su casa, y me confiesa que los viejos recuerdos lo atormentan cada vez que mira en esa dirección. Nos presentamos nuestras respectivas esposas y mis hijos comienzan a admirar su colección de animales; dos o tres perros, un gallo y una jutía amaestrada. Roger conversa incesantemente sobre sus impresiones de mi y mi familia, lo cual me es increíblemente interesante y revelador. Cuanto el muchacho disparatado que era yo ha madurado. Cuanto me parezco a mi padre en la sobriedad y seriedad de carácter, y que suerte tengo de haber heredado estas características y no las de nuestro lado común. Como María, después de vivir toda su vida adulta en los Estados Unidos, puede confundirse con una muchacha del pueblo en su porte, apariencia y forma de hablar. Roger nos continúa mostrando artefactos de su diseño y construcción, y podemos oír algo de su extensa colección de música americana de los años 70. Paso largo rato oyendo sus quejas de que sus hijos no le escriben, y cuanto esto le duele. Me descarga una perorata de mensajes llenos de resentimiento, para que se los transmita a sus hijos. El tiempo se va volando, nos despedimos y acordamos volvernos a reunir. En el auto mi hijo de 18 años, que ha quedado muy bien impresionado con mi primo, me dice que Roger es el equivalente en ingles del Chévere de la Película.

El recorrido de la tarde comienza en mi antigua casa, a la cual hemos sido invitados por su actual ocupante, la que ha vivido en ella desde que mis padres salieron del país y el gobierno se la asignó. La experiencia es triste y desilusionante. La casa que en realidad nunca me gustó, ahora con 35 años de deterioro es algo deprimente. La penuria de la Revolución ha convertido a Cuba en un conservatorio de antigüedades y por tanto no faltan los recuerdos. Casi todos los muebles de mis padres, de no haber perecido a causa del comején, todavía están en su lugar. El refrigerador, que ya tenia 10 años cuando salí de Cuba, esta completamente oxidado, pero todavía funciona perfectamente. La cama donde dormí por última vez en octubre de 1961 permanece en mi cuarto en el mismo sitio. No obstante, no siento la más mínima nostalgia.

Segunda es ejemplo de decencia y trabajo. Por espacio de 25 años lavaba la ropa de mi casa, pero era más bien otro miembro de la familia. Hoy sigue viviendo en el mismo lugar, en las afueras del pueblo en el barrio de la Ceiba, donde se estableció, sabe Dios que tiempo hace, en un bohío de una sola habitación y piso de tierra. La casa, aun humilde, ahora esta hecha de mampostería, con un piso de losas que brilla de limpieza, y paredes recién pintadas de cal blanca. Segunda es de porte noble y distinguido, basado en un orgullo sencillo y bien merecido. Cuba y el mundo serían mejores si hubiera más gente como ella.

Nivia vive sola detrás de lo que antiguamente era la farmacia de su padre. Sobre la pared exterior hay hoy una placa que conmemora la visita del Che Guevara en diciembre de 1958, días antes de triunfo de la Revolución. Tarda un rato en contestar nuestro toque a su puerta y en abrirla. Me sorprende que conserve una buena parte de la belleza que fuera en los años cincuenta. En aquel tiempo era la favorita de la crema del pueblo. La Revolución y el tiempo deshicieron aquel mundo, sus padres murieron y queda ahora sola y olvidada, tal como Cuba. Al verme, su mente viaja a lo largo de sus recuerdos, pero no me sitúa. Me pregunta por este y aquel pariente, pero de mi no se acuerda. Le entrego unos tubos de pintura que le he traído como regalo, ya que sé que dedica su tiempo a pintar, y aunque me lo agradece y nos promete pintarnos un cuadro, su cara no expresa emoción. Es evidente que Nivia es un ser distinto.

Esta noche hay una velada de Navidad en la iglesia Bautista. El grupo de la juventud ha preparado una serie de escenas, comenzando con la Anunciación, y terminando con el nacimiento del niño Jesús. Los trajes y el escenario están preparados con amor, cuidado, y sobre todo con una gran creatividad, acentuada por la escasez de materiales. La devoción religiosa y el entusiasmo de la multitud son contagiosos. Es la víspera de la visita del Papa a Cuba, y el renacimiento espiritual que ha ido desarrollándose durante los últimos años, esta llegando a un clímax. Un gran número de casas exhiben pasquines en sus puertas, dándole bienvenida a Su Santidad, como Mensajero de la Verdad y la Esperanza, dos cosas que, así como los materiales, escasean en la Cuba de hoy. Al ver esta reunión de gente piadosa, buena y decente me lleno de optimismo. Mi primera impresión en la Habana y de la corrupción del pueblo cubano ha cambiado por completo. El daño hecho al carácter del pueblo, tal como el descascaramiento de los inmuebles, parece ser superficial y los valores intrínsecos de la familia cubana parecen haber sobrevivido.

Me sorprende también el buen vestir que ostenta este grupo y mucha otra gente que hemos visto paseando por el pueble. Es difícil imaginar, dada las precarias condiciones económicas, y la carencia de todo, donde encuentra la gente tan fina ropa. Evidentemente la personalidad cubana, que tanto se parece a la de los italianos, da gran importancia a los que estos llaman la bella figura, y aquellos llaman el plante.

Pasamos por lo que era la calle comercial de Camajuaní. Ha anochecido, y todo esta oscuro, solo se ve una que otra luz. No hay tiendas ni transito. Después de vivir en una gran ciudad por tantos años, Camajuaní me luce aun más tranquilo y sereno que en mis recuerdos. Al regreso a nuestro hotel en Santa Clara, nos detenemos por las lomas de Santa Fe para contemplar el fabuloso cielo estrellado. Sin automóviles, ni industria, ni iluminación artificial, podemos ver claramente la Vía Láctea. El siglo XVIII tiene sus encantos.

Al día siguiente en la mañana esta lloviendo cuando salimos con Leonor y familia hacia el pueblo de San Antonio de las Vueltas, en cuya antigua iglesia fue bautizado mi abuelo en el pasado siglo. Continuamos rumbo norte, hasta que el terreno ondulado se convierte en una llanura costera. Doblamos para entrar en un camino vecinal fangoso con mares de caña a ambos lados. Pasamos por el caserío de Refugio, y poco después llegamos a nuestro destino. Mi prima Leonor ha organizado una comilona de lechón asado en casa de un amigo de su familia, el guajiro Lázaro.

Cuando llegamos, la víctima ha sido sacrificada, su pellejo negro ya pelado, y yace listo para abrir encima de una mesa de piedra al aire libre. Daniel, que esta interesado en la medicina se acerca conmigo a presenciar la operación. Le abren la barriga y sacan las vísceras. El corazón y el hígado son separados y el resto se les da a los perros. En esta casa nadie sufre de desnutrición. Lázaro y sus compinches están fuertes y barrigones.

En medio de la lluvia Lázaro exclama — Hace farta que alevante el día. Mi prima y su esposo comienzan a buscarle la lengua al guajiro, llamándolo bruto, cosa que es un popular juego entre guajiros y poblanos. Lázaro, que le gusta el juego, se ensaña a estropear la lengua de Cervantes con aun más deleite y energía.

La típica finca cubana es todavía un bastión del machismo. Las mujeres ayudan a preparar la comida, pelando el ajo para el mojo y la yuca, y cocinando el arroz y los frijoles que acompañaran el banquete, pero su voz no se destaca. El marido es el que lleva la voz cantante en la conversación con los invitados. No hay duda de quien es el que manda en esta casa.

Camajuaní es una zona tabacalera y antiguamente cuando un campesino vendía su cosecha de tabaco, era costumbre asar un lechón e invitar a los vecinos, así como al comprador de la vega y a su familia. Mi padre a menudo trabajaba como comprador de tabaco y, por lo tanto, dichas comilonas formaban parte de mis veranos. El puerco tradicionalmente se asa encima de una barbacoa sobre un fuego de leña, contenido en un hueco hecho en la tierra. Todo se cubre con yaguas, material procedente de la palma real y que tiene infinidad de usos en el campo. Este sistema de asado toma de 6 a 8 horas, dependiendo del tamaño del puerco. El toque final consiste en poner hojas de guayaba sobre el fuego, lo que le imparte un apetitoso sabor ahumado.

Un breve paseo por la finca nos muestra otra nueva realidad cubana. Los puercos y pollos se mantienen en jaulas hechas con pesadas barras de acero, cerradas con candados para evitar que desaparezcan en la noche. La escasez de alimentos desde la caída del bloque soviético hace que los animales sean una tentadora presa para los poblanos hambrientos. Dicha escasez ha sido una bendición para los campesinos, los cuales son ahora una clase privilegiada, ya que venden sus productos a muy buen precio. Como resultado, la situación económica de Lázaro es mejor de lo que hubiese sido para un campesino en sus circunstancias hace 40 años. En lugar de vivir en un bohío de tabla de palma y techo de guano, su casa es de mampostería, con techo de hormigón. Tiene electricidad, refrigerador, y baño con agua corriente, cosas que antaño eran poco comunes. La mesa, por el contrario, es aun más rústica que las que servían en mis tiempos, en lugar de sentarnos en la mesa, comemos plato en mano. Adrián, que no es muy amigo del lechón asado, quizás por el hambre, me dice que este es el mejor lechón que se ha comido en su vida.

Finalmente, Lázaro, que sufre los efectos de la botella de ron que se bebió cuando asaba el puerco, comienza a cantar unas décimas en nuestro honor. Lázaro no es gran cantante, pero buen improvisador, y aunque el ron no lo ayuda nos divertimos de lo lindo. Este día, a pesar de la lluvia, es para mis hijos lo mejor del viaje. Por mi parte, he logrado mi anhelo de mostrarles el corazón de Cuba. Al despedirnos les expreso un gran agradecimiento a Leonor y a Lázaro.

Salimos aprisa para Santa Clara, donde hemos prometido visitar a Lilia para conocer a su recién casado hijo Alfredo y su esposa. Llegamos un poco tarde y encontramos que Lilia nos ha preparado comida. Por suerte han decidido comer y no esperar por nosotros. Nos disculpamos ya que todavía estamos repletos de lechón, pero insiste en mostrarme la sencilla comida que nos había preparado, lo que por segunda vez me parte el alma.

Alfredo y su esposa son un ejemplo típico de la nueva generación de cubanos, con educación universitaria y con deseos de superación, pero limitados por la falta de recursos y la decrépita política del socialismo. El periodo especial que siguió al derrumbe del bloque comunista ha traído mucha penuria para el pueblo cubano, pero lo considero como una bendición disfrazada de catástrofe.

Previamente, gracias a los subsidios soviéticos, el gobierno de Cuba podía suministrar a las masas una supervivencia pobre y sin esperanza de mejoramiento, pero sin esfuerzo. Esto produjo gran cantidad de gente sin incentivo ni ganas de trabajar, lo que Oppenheimer llama en su libro los zombis, a expensas de lo que "dieron" y lo que "no dieron", como pollos en un gallinero. Ahora lo que "dan" esta muy por debajo del nivel de subsistencia y el que espere a que le "den", se muere de hambre. Esta lucha para sobrevivir ha resultado en el resurgimiento de una serie de empresas familiares que florecen a pesar de los obstáculos que impone el Estado. La gente busca, o como muchos dicen, inventa la forma de ganarse la vida. Una familia hace bizcochos para fiestas y cumpleaños, otra cría pájaros, otra reconstruye motores. Todo esto me da gran esperanza para el futuro del pueblo cubano, una vez que el inevitable cambio del sistema económico se haga realidad.

 

El programa de hoy es pasarlo con mi primo Roger visitando los lugares que fueron escenas de nuestras travesuras juveniles. Primero paramos a ver a Pillo, mi único tío viviente. Su casa esta en las afueras de Camajuaní, con una vista inmensa de la finca La Matilde, propiedad de mis tíos que fue expropiada al principio de la Revolución. Pillo aun conserva una pequeña parcela que cultiva con esmero y nos muestra con orgullo una siembra de ajos, y la fragante cosecha de ajíes que embarca hacia la Habana. Vive solo con su mujer, y los animales que encierra en la casa por la noche, mientras que todos sus hijos residen en Miami. Aurorita su esposa añora reunirse con su familia, pero Pillo no quiere dejar su terruño, la sangre es mas fuerte que la ideología, pero el apego a la tierra es todavía más poderoso, especialmente en los años de vejez.

Camino a Remedios, Roger y yo comentamos como nuestras sendas se separaron y nuestros destinos divergieron. Me muestra su pasaporte y visa que estaban listos para salir hacia Estados Unidos y me cuenta como sus padres vetaron los planes a última hora. Posteriormente, la crisis de octubre de 1962 le cerró las puertas de salida, y tuvo que hacer su vida bajo el sistema socialista. Me habla de sus pasos falsos y de como al fin ha encontrado paz y felicidad con su esposa, a la que considera un milagro del cielo. Habla continuamente de sus dos hijos, que partieron hacia Estados Unidos, y se queja de lo poco que escriben y se comunican. Le explico que esto se debe a las presiones de la vida moderna, y le aseguro que sus vástagos lo quieren bien. Hablamos de mi decisión de abandonar el país y de su noción errónea de que fui empujado por mis padres. Le explico que tenía cierta precocidad política, y que a la tierna edad de 13 años pude divisar lo que se acercaba, que el liderato de la Revolución no era digno de confianza, y que como muchos jóvenes cubanos se sienten ahora, me sentía atrapado y sin futuro. Fue mi decisión y no la de mis padres el salir hacia el exilio, y en ningún momento me he arrepentido de estar sin patria, pero sin amo, a pesar de querer esta tierra con un amor que duele en el pecho y que solo un exiliado sabe sentir.

Remedios es una de las ciudades más antiguas de Cuba, fundada en el Siglo XVI. Sus calles son estrechas como las de su hija Santa Clara, solo que aun más tranquila y con mayor numero de viejas casas coloniales. Es una ironía que a unos pocos kilómetros de este remanso de paz fueron instalados los cohetes soviéticos que casi provocan una guerra nuclear en octubre de 1962. Paramos frente a la casa que fuera de la familia de la esposa de mi tío Rigoberto. Es una enorme mansión colonial, cubierta con mosaicos sevillanos y con vitrales de medio punto de diseño y color típicamente cubanos. La casa ha sido convertida en un asilo de ancianas. Calle abajo esta el viejo Instituto de Remedios, donde asistí durante mi último año escolar en Cuba. Siento un cariño muy singular por este sitio, cuyas paredes transpiraban olor a Cuba y a historia, sitio de tranquilidad y sosiego dentro de esta vieja y serena ciudad, eslabón con mi pasado que ahora es una ruina apuntalada con vigas de madera. Hablamos con un grupo de vecinos que se han congregado al ver dos caras desconocidas y un auto de turismo. Nos sorprende que dos de ellos fueron nuestros compañeros de clase, aunque como a Roger y a mí, el paso de los años los ha cambiado hasta hacerlos irreconocibles. Es un pequeño consuelo ver que el Instituto también siente sus años. Los reunidos comentan sobre los planes de restauración del viejo edificio, y se quejan de las interminables demoras burocráticas. Uno de ellos señala que hay que ser discreto en las críticas al Estado y prontamente la conversación cambia a asuntos más baladíes. El aparato de represión de Cuba es tan eficiente que ni siquiera se ve.

 

Seguimos camino hacia el pueblo costero de Caibarien y nos detenemos para almorzar en un restaurante manejado por el Estado donde Roger había planeado llevarme, pero la comida se ha terminado. No hay. Por suerte, cerca encontramos un paladar que nos resuelve el problema.

Caibarien antaño era un puerto activo y es ahora un típico ejemplo del deterioro cubano. Viejos almacenes en el puerto son ahora cascarones que se desmoronan ante el viento marino. Me viene a la mente el viejo tango que dice:

Puerto del olvido
donde van a recalar
barcos carboneros
que por siempre han de quedar.

Es el cementerio
de las naves que al morir
piensan sin embargo
que hacia el mar han de partir.

De regreso en Camajuaní, pasamos la última noche reposadamente con Leonor y familia. Durante la comida reconozco los cubiertos de plata de Cassola. Leonor nos muestra otros objetos que recibió cuando los bienes de Cassola fueron distribuidos entre los miembros de la familia. Comentamos sobre los pleitos y resentimientos que esta repartición trajo por consecuencia, y pienso en la paradoja de que esta sociedad de carestías esté tan obsesionada con lo material, aun más que la del país del consumismo, más al norte. Me preocupa del efecto de una repentina liberalización de la economía, que pudiera resultar en una orgía de consumismo y aun más pérdida de valores intrínsecos. Siento el conflicto entre mi predilección por la sencillez y la austeridad, y mi amor por la libertad.

Esta noche noto un fenómeno muy curioso. Mis recuerdos de Camajuaní, y la realidad, que dos días antes habían estado en conflicto, ahora se han combinado y reconciliado. Ya mi pueblo no me luce tan extraño como al principio y hasta cierto punto, es como si nunca lo hubiera dejado. 

 

Al otro día, al amanecer, le digo adiós a Camajuaní y a su valle, esperando algún día descansar a la vista del valle, rodeado de palmas y de la gente de Cuba que tanto cariño me dio.

El viaje de regreso a la Habana es rápido y llegamos al mediodía. Paseamos por lo más antiguo de esta, recorriendo los monumentos de sus inicios. El plan para el resto de nuestra estancia es ver puntos turísticos y pasar un rato con la familia de María en la Habana.

La Plaza de la Catedral es el corazón de la Habana Vieja. Tanto la plaza como los portales que la circundan están abarrotados de vendedores de quincalla turística y arte popular. Todo esta hecho a mano, y no se ve un solo artículo plástico. Aquí, como en todos los aspectos de la vida cubana, hay que trabajar con materiales naturales e inventar. Los artistas aficionados se mezclan con otros más profesionales en los quioscos al aire libre. Por todas partes los vivos colores tropicales dominan la exhibición. Visitamos el instituto del grabado donde los artistas disponen de imprentas y de un lugar donde vender sus obras, siempre que aporten el escaso papel. Si la necesidad es la madre de la invención, esto explica la riqueza de la expresión artística en la Cuba de hoy. Visitamos otras galerías, pero me opongo a comprar obras sabiendo que gran parte va a manos del gobierno.

Al día siguiente nos dirigimos a una galería en la vieja fortaleza de La Cabaña, donde mi suegro y dos de mis primos fueron presos políticos. Al acercarme a la entrada siento una gran sensación de aversión y doy media vuelta de regreso a la ciudad, con el viejo odio hirviendo dentro de mí.

 

Al mediodía tomamos la Vía Blanca, que sigue la costa norte de la Habana, hasta Matanzas y Varadero. Llegamos a tiempo para hospedarnos en un modesto hotel e ir directo a la playa, que, a pesar de su fama, muestra señales de erosión y deterioro. El viento norte es frío y azota levantando un temible oleaje, pero el agua me da un tibio abrazo cuando entro en ella, al mismo tiempo que el sol desaparece en el horizonte. He cumplido otro de mis anhelos.

Esta noche, buscando un lugar donde comer, recorremos los hoteles de lujo. Es la víspera de año Nuevo pero no tenemos ganas de fiestear. Nada ejemplifica la otra Cuba, la Cuba reservada y apartada, la Cuba de los turistas, como la playa de Varadero. Es bochornoso y triste ver turistas pagando $50 y $80 por una cena, mientras los trabajadores cubanos ganan un promedio de $12 al mes.

Al amanecer del otro día me siento a observar el furioso oleaje y pienso en la injusticia de tener que vivir lejos de esta belleza, del cariño de mis primos y de mi patria. Estoy harto de los malos sentimientos que me evoca Varadero y partimos al mediodía.

Pasamos nuestro último día en la Habana visitando parentela de María. Su familia por parte de madre nos invita a almorzar junto con 15 o más de ellos. Por la noche repetimos la comilona, esta vez con el lado paterno. La reunión me recuerda a las de Cassola, con todos los primos corriendo, retozando y haciendo travesuras. Esto tampoco ha cambiado.

Nuestro vuelo al día siguiente es al amanecer y pasamos la noche en vela pues el despertador es eléctrico y la electricidad va y vuelve a la deriva. Llegando al aeropuerto nos informan que nuestro vuelo ha sido retrasado hasta el mediodía. El suspiro de alivio de María retumba en el avión, cuando finalmente dejamos detrás la isla.

En el viaje de regreso llevo conmigo un gran sentido de realización, pero mis heridas se han vuelto a abrir. Me consume el dolor agridulce de una nostalgia renovada. Al ver nuestra añoranza por lo que él ve como un mundo de pobreza y desespero mi hijo Adrián observa que a los cubanos los ciega un mismo amor.

Manuel Pérez Torres, febrero 1998.